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Salud a través de la Higiene Vital Madrid

Salud a través de la Higiene Vital Madrid

Higeia, de donde surge la palabra Higiene era la diosa griega de la salud como arte de vivir. Asclepio (Esculapio para los latinos) era el dios griego del tratamiento médico. Hoy predomina el segundo y nos olvidamos de Higeia
La búsqueda de la salud perfecta –o por lo menos de un estado de equilibrio sanitario soportable– es una preocupación constante para todo ser viviente. Esta búsqueda consciente o inconsciente existe siempre, incluso en el caso de los que aparentemente destruyen su salud por un modo de vida aberrante.
El conjunto de prácticas destinadas a la preservación y restablecimiento de la salud, se denomina higiene.
La Higiene Vital consiste en poner en acción un conjunto de técnicas que actúan en simbiosis con las fuerzas cósmicas, tendiendo a conservar o restablecer la salud. Esta acción puede hacerse, ya sea instintivamente, ya sea de un modo lógico, cuando las posibilidades del instinto han sido destruidas por las malas costumbres.
Por eso, la higiene vital estudia los medios que mantienen la vida: alimentación, aire, agua, luz, calor, actividades, reposo, comportamiento mental, etc...


Se dedica corrientemente a conservar el estado de buena salud. En este caso, es una higiene preventiva, utilizando los medios naturales para preservar la integridad orgánica y funcional de los individuos, desde su concepción hasta su muerte.
En caso de que el estado de salud haya sido alterado, la higiene vital se convierte en una higiene de restablecimiento o higiene de restauración de la salud. Es esencial precisar que las prácticas de ambas ponen en acción las mismas fuerzas naturales que conservan la VIDA, teniendo en cuenta sin embargo, las posibilidades de cada individuo: herencia, modo de vida anterior, tipo de alteración de la salud, etc... La higiene vital es un todo que, después de haberle devuelto al “enfermo” la salud, le permite permanecer en el mejor estado posible y evitar recaer en los errores de vida que provocan las alteraciones de la salud.
Por el contrario a lo que definíamos como Higiene Vital (ver portada), nos encontramos con la que podríamos denominar Higiene Artificial, ya que utiliza prácticas artificiales con el fin de ahogar los síntomas de las enfermedades. Sus preocupaciones están dirigidas hacia los estados llamados “enfermizos”, más que hacia la salud. Sus técnicas han sido utilizadas por los hombres durante milenios de su vida terrestre, y básicamente se basan en administrar sustancias: vegetal, mineral o más recientemente químicas, con la intención, por un lado de prevenir la enfermedad (vacunas) o de eliminar sus síntomas (remedios, medicinas...) La Higiene Vital no utiliza ningún tipo de remedio, ya sea este químico o natural.
Nos podría parecer que, acostumbrados a vivir con el uso de remedios, restablecer la salud sin ellos sería imposible, pero los seguidores de esta Higiene Vital aseguran que no sólo es posible, sino que es la forma más natural en que la vida restablece el equilibrio perdido.
Veamos sus razonamientos...
LA SALUD
El estado de salud puede ser concebido como un conjunto de actividades armoniosas de los órganos y de las funciones del cuerpo. Es un equilibrio total que raramente es percibido por las personas con buena salud. Es, precisamente, una ruptura de este equilibrio –con la aparición de un síntoma cualquiera de enfermedad– lo que llama la atención sobre el estado sanitario.
Es esencial comprender que toda expresión de vida se sitúa, a nivel del cosmos, en el marco de las leyes naturales. Cuando un organismo vivo se desarrolla en condiciones normales de existencia, tiene una salud correcta mientras viva en armonía con estas leyes naturales. La salud es el estado normal de los seres vivos. Para ello la NATURALEZA pone a su disposición, los elementos indispensables para el nacimiento y conservación de la vida.
Estos elementos, indispensables para mantener la vida, son poco numerosos. Las plantas y los animales salvajes, que viven en libertad, están obligados a poseerlos para asegurar su subsistencia. Pero, además, están sometidos automáticamente a las leyes naturales, de las cuales perciben los imperativos gracias a su instinto.
Por eso, lo más frecuente es que ellos permanezcan en el medio que les es apto para asegurar su pleno desarrollo. Los animales salvajes, aquellos que pueden actuar por sí mismos, no colonizan el planeta. Viven en las regiones que les convienen y siguen un modo de vida correcto. La desgracia les llega cada vez que el hombre interviene para desplazarlos y hacerles vivir en unas condiciones antinaturales.
El hombre posee su libre albedrío, pero lo cierto es que no ha hecho de él un buen uso. Casi siempre, rehúsa para sí, como para los animales y las plantas de los que se adueña, una conducta de vida conforme con las leyes naturales. Esta elección implica, a más o menos largo plazo, una perturbación, luego, si persiste, un decaimiento sanitario seguro. Es preciso, sin embargo, reconocer que, para el ser humano contemporáneo, esta elección no es completa, en la medida en que su instinto ya no constituye una guía segura para indicarles qué actos de su vida están en conformidad con las leyes naturales.
Si la salud es el estado normal de los seres vivos (o debería serla, ya que, por desgracia, frecuentemente el estado sanitario más habitual de nuestros contemporáneos es el de una salud perpetuamente alterada), entonces el estado de trastorno sanitario episódico es el de la enfermedad.
El estado de enfermedad está considerado como una fatalidad que se abate sobre la vida cotidiana, como un conjunto de síntomas, a menudo dolorosos, que es preciso enmascarar a cualquier precio y hacerlos desaparecer. Se considera que el enfermo está curado cuando sus síntomas desaparecen.
Hay todo un repertorio de síntomas de enfermedad. La actitud más común consiste en considerar estos síntomas como independientes entre sí. Si es verdad que hay médicos de medicina general, también abundan, en estos tiempos en que la enfermedad es objeto de tantos cuidados, los especialistas de una determinada función e incluso de un determinado órgano (corazón, hígado, etc...)
La búsqueda de las “causas” de estos estados enfermizos ha sido constantemente una preocupación. Entre los responsables incriminados de la existencia de estas enfermedades, los microbios han tomado una parte preponderante. La vida del individuo, desde su nacimiento hasta su muerte, se sitúa bajo el símbolo de la lucha a ultranza contra los microbios: preventivamente al principio, mediante las vacunas y curativamente después, a través de los medicamentos.
Pero, ¿son realmente los microbios los causantes de las enfermedades? Sería largo exponer el importante papel constructivo y benéfico que los microbios parecen desempeñar en la Naturaleza. Son ellos los que, en el suelo, favorecen las transformaciones que permitirán a los minerales volverse asimilables por las plantas. Son también ellos los que operan las transformaciones semejantes sobre la materia animal muerta. Durante la enfermedad, numerosas excreciones aumentan a nivel celular. No es asombroso, pues, que los microbios se multipliquen para cumplir su función, la de necrófagos, que se alimentan de estas excreciones, y las transforman haciéndolas desaparecer. Los microbios acompañan o siguen al estado enfermizo, más que precederlo.
Parece absurdo querer destruir con frenesí estos microbios útiles para detener la enfermedad. Todo sería distinto si se atribuyera a la enfermedad otro sentido que el de una agresión deliberada a un organismo vivo.
El verdadero significado de la enfermedad no es percibido casi nunca en su sentido real: liberar al organismo de una situación anormal. La enfermedad no es lo opuesto a la salud, sus síntomas manifiestan con frecuencia la eliminación de sustancias de desecho y tóxicas, así como el trabajo de autorregeneración del cuerpo. Aunque parezca extraño la enfermedad cura.
Los síntomas molestos nos indican que vamos por mal camino, que es necesario cambiar, que nuestro cuerpo ¡no puede vivir más! en las condiciones actuales. Es necesario que tomemos la responsabilidad de nuestra vida en nuestras manos y conozcamos nuestro cuerpo, mente y espíritu, y de esta manera podamos mantener su equilibrio.
“Las enfermedades son crisis de purificación tóxica. Los síntomas son las defensas naturales del cuerpo. Nosotros las llamamos enfermedades, pero en realidad no son sino la curación de las enfermedades” Hipócrates, padre de la medicina occidental
La característica esencial de un cuerpo vivo, que lo diferencia de uno muerto, es que el vivo posee una fuerza de vida o fuerza vital. Mientras las condiciones de vida son normales, el crecimiento y el desarrollo del ser vivo se realizan de manera armoniosa, bajo la influencia de la fuerza vital que le anima. Y es esta fuerza de vida la que, además, entra en juego para restablecer el equilibrio ante una situación anormal o de enfermedad. El cuerpo vivo busca constantemente la posibilidad de vivir, al máximo, en estado normal.
Toda situación anormal, provocada por no respetar las leyes de la vida, es combatida por esa misma fuerza vital hasta que desaparece. De este modo, la fuerza de vida aparece como el guardián vigilante del estado de salud de todo ser vivo. Y la enfermedad aparece como una acción incitada por esa misma fuerza de vida, para el retorno al estado de salud, que es el estado normal de todo ser vivo.
Así que, desde la construcción del cuerpo hasta las situaciones de restablecimiento, el poder de curación, o poder de vida, proviene de la acción de la fuerza vital.
La impresión de fuerza o debilidad que experimentamos se debe, de hecho, a la percepción que tenemos del gasto o del ahorro de energía vital respectivamente. De este modo, tenemos la impresión de estar “en plena forma” cuando “gastamos” una gran cantidad de energía vital para cumplir con actividades físicas. Inversamente, nos parece estar extremadamente fatigados cuando nuestro cuerpo se niega al esfuerzo para economizar la energía vital que, en un momento dado, nos hace falta. Estimular al cuerpo para obligarlo a activarse por encima de sus posibilidades conduce al agotamiento y a la destrucción de la salud.
Nuestro organismo es fuerte o débil según sea abundante o reducida la cantidad de energía vital de la que disponemos. El conjunto de esta energía vital se reparte a los diferentes órganos para que puedan cumplir sus funciones. Cuando esta energía es suficiente, la vida del conjunto celular está asegurada. La repartición de energía no se realiza al azar. Son precisamente los órganos que participan en las funciones más indispensables para la vida del organismo los que tienen prioridad. Así, si la cantidad de energía vital de la cual puede disponer el cuerpo en un momento dado llega ser insuficiente como para asegurar la vida del organismo, las funciones menos importantes se verán afectadas, como, por ejemplo, la función movimiento. El cuerpo entra en un estado de “debilidad” que hace muy penosa toda actividad muscular. Economiza energía vital para las funciones indispensables al mantenimiento de la vida: excreción, circulación sanguínea, respiración, intercambios nerviosos, etc. Es importante remarcar que la función de asimilación es también muy reducida en este caso. Esto puede llegar hasta la pérdida del deseo de alimentarse.
Cuando la energía vital de la que puede disponer el organismo, es insuficiente para mantener las diversas funciones del cuerpo –particularmente la de eliminación– éste se encuentra en un estado de  Enervación  (no confundir con enervamiento: nerviosismo).
La enervación es uno de los principales factores que permiten a la enfermedad instaurarse. Es causada por la suma de todas las violaciones que cometemos contra nuestras necesidades y características biológicas. En un próximo artículo hablaremos de ella y de sus consecuencias en nuestro estado sanitario.
Este artículo es un extracto de los primeros capítulos del Suplemento Enciclopédico al Boletín para afiliados a PUERTAS ABIERTAS titulado “Los Fundamentos de la Higiene Vital” cuyo autor es el higienista francés Désiré Mérien. Publicado por la asociación PUERTAS ABIERTAS A LA NUEVA ERA en su segunda edición en 1979

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